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Algunos apuntes sobre Bonitas palabras
de Francisco Izquierdo Quea
*

Por Giancarlo Stagnaro


Cuando leo y releo los cuentos de Francisco Izquierdo -Pancho, para todos nosotros- no puedo dejar de pensar en la génesis de estos relatos, cuando algunos viernes por la noche nos reuníamos en su casa de San Isidro para debatir nuestras respectivas perpetraciones literarias. A esas reuniones acudían como fieles devotos de la palabra escrita Carlos Yushimito, Mario Granda, Aldo Incio, Dante Ayllón (corríjanme si me equivoco) y quien les habla, aunque limitado por sus recientes deberes paternos. Pues bien, he de confesar que me siento muy cercano a la génesis de este libro, ya que Pancho nos abrió a todos la puerta de su casa y de su escritura. Y presentarlo esta noche, junto a ustedes, me llena de calmado orgullo.

Francisco Izquierdo Quea, el nombre de la portada que ustedes ven aquí, en esta edición de Mundo Ajeno, es el autor de una serie de relatos ubicados en distintos momentos, si se quiere, de nuestra historia. Es un libro con sello local, eso es innegable, la peruanidad está implícita en cada relato, curiosamente agrupado en torno a un eje que reagrupa las coordenadas del cuento. Así, por ejemplo, tenemos el primer conjunto, Rojo, que agrupa a los textos con temática amorosa, en teoría. Conveniente, podría ser. Pero hay algo más allá que dicha temática y su plasmación melodramática.

Consideremos, por ejemplo, el primer relato, "Zapatos". Aunque en nuestra tradición narrativa reciente sí se han dado casos de protagonistas vendedores -pienso lejanamente en Ribeyro y cercanamente en el cuento "Seltz" de Carlos Yushimito-, diría que Rafa, el protagonista de esta historia de Pancho, aporta una visión singular. Es un típico muchacho hasta cierto punto heredero de la era Mac Job, aquella que tan bien retrata Douglas Coupland en Generación X. Es alguien que acepta su destino sin demasiadas preguntas ni complicaciones. "A mi edad ya sólo me queda trabajar, aprovechen ustedes que pueden estudiar, el tiempo que tienen", les dice Rafa a sus amigos. Pues bien, es el mensaje de la generación actual: ya no es tan importante estudiar, ahora hay que trabajar para hacer plata y vivir de ello. Pero lo interesante del caso es lo que le viene ocurriendo al personaje, liberándose de la responsabilidad ante sus padres, pero asumiendo otras, como el hecho de existencia de una pareja y la jefatura de la tienda de zapatos. Son hechos que, al margen de la anécdota de la chica -se podría inferir, con justicia, que el amor es sólo un pretexto-, nos vinculan con el mundo de las responsabilidades y los compromisos, tan caros a la madurez y la adultez. El hecho de la chica, por ejemplo, es algo que Rafa no parece aceptar con buen talante en un inicio, pero poco a poco se va adoptando a su presencia (al final, uno termina resignándose; lo digo en broma). El futuro, al fin y al cabo, y en un tiempo como el actual, es incierto: no existen cosas fijas, sólo el aprendizaje de quienes nos precedieron.

En el caso de "La pelota", tenemos a un protagonista adolescente que comienza a descubrir el mundo de la mano de dos chicas. La fantasía púber hecha realidad, como en las películas, pero desde un punto de vista menos ligero, mucho menos ligero. La experiencia de este joven, de estar con dos chicas muy activas sexualmente a la vez, en realidad explica una pausa entre momentos de inercia y autodescubrimiento. En este caso, el deseo de ser futbolista de parte del chico desencadenará una serie de sucesos que lo llevarán de la mano de dos féminas que, como dice la canción, "just wanna have fun" (sólo quieren divertirse). Y así ocurre. Las chicas se divierten y dejan al muchacho en vilo. Pero este, a diferencia de como reaccionaría un personaje de Ribeyro, no se hace problemas: se vuelve a reunir con su amigo, un japonés chancón, y vuelve al inicio, cuando nadie lo conocía y no era famoso gracias a la pelota. La única inscripción de lo "real", si hablamos en términos psicoanalíticos, es un corte de cabello a la fuerza, perpetrado por el mandamás del colegio. Un corte de cabello que también simboliza el fin de una época y el inicio de otra.

"El partido" bien puede dar cuenta de los cauces por los cuales anduvo la juventud desencantada de fines del siglo XX. El fútbol, las drogas, uno que otro desengaño amoroso, el momento político de la era fujimorista. Sin entablar las banderas de la postura anarcopunk de los subtes de los 80, que habitaron entre dos fuegos, la llamada Generación X puede contar con uno de sus cantos de sirena en este relato. Un partido de fútbol, en este caso, cohesiona las esperanzas y expectativas del protagonista. Sin embargo, pasada la emoción del partido, ese rush emocional cede a la monotonía de la normalidad existencial, al orden de lo mismo. "Horas después, con Lewis detuvimos su auto en la Vía Expresa, entre Canadá y México, y yo bajé con un balde de pintura negra y una brocha. Y así, entre brochazos y claxonazos de los autos que pasaban pinté, enorme: FUERA FUJIMORI Y MATURANA. CAGAN MI PERÚ." Finalmente, el personaje debe asumir el inexorable paso del tiempo y su deseo que las cosas no salen como uno quiere. No sólo es resignación, es la manera en que la afectividad es mapeada simbólicamente en nuestros días.

Dicha afectividad ocupa un espacio clave en el siguiente relato: "La guapa". Aquí se produce el choque de dos intenciones, de dos confluencias, de miradas contrapuestas sobre las cosas. El esquema chico-conoce-chica no corresponde a la pareja típica, sino al del tercero en discordia. Por supuesto, en este caso, al tercero no le molesta que la guapa viva una relación formal, después de todo, él se coló, como se dice, "por los palos". En realidad, es la proyección de él hacia ella la que nos interesa en este texto: es la partición del ser amado entre la guapa buena y la guapa mala, con sus botitas y sus momentos Saga o Ripley, dependiendo del caso. Me recuerda mucho esa división que hace el amante de la amada, según René Girard, esa oposición entre cuerpo y mente que impide o permite el cumplimiento amatorio. Sin ella no le cuadra mantener dos relaciones a la vez, por eso se encuentra en permanente conflicto. Pero lo que me interesa más de este relato es la manera en que se entiende las relaciones amorosas, en una era donde curiosamente resulta más fácil salir con una chica, no obstante, entablar un vinculo abierto con alguien al final termina siendo más complicado. Hay que definir las reglas de juego a cada instante. Antes uno tenía que juntar su billete para poder salir el fin de semana, ahora sólo basta la tarjeta de crédito pertinente. Me pregunto si la economía también se ha inmiscuido lo suficiente en nuestras costumbres y prácticas amatorias.

En la segunda parte de Bonitas palabras, nos alejamos del código realista propiamente dicho, eminentemente referencial de los cuatro primeros relatos y nos adentramos en los espacios de la nostalgia y del ensueño. "El niño en casa" y "Los cuervos" son cuentos de atmósfera, donde la anécdota central funciona en la medida en que se ha creado un ambiente especial con las palabras.

"El niño en casa" se ubica en la Tacna familiar de mediados del siglo XX, en un ambiente netamente familiar y provinciano. Tras una serie de escapadas nocturnas, el pequeño Pedro entabla amistad con su vecina de al frente, Carolina, una niña que está envuelta en vestidos blancos y aparece casi siempre rodeada por palomas. Esta imagen evanescente -los ojos juegan un rol clave para el contacto entre ambos- y la sucesión de apariciones y desapariciones de la niña nos hacen preguntar si realmente Pedro conoció a Carolina o a un fantasma.

Pues los fantasmas son más evidentes en "Los cuervos", breve homenaje al magistral relato de Edgar Allan Poe y la pieza más fantástica del conjunto. Una familia ha recibido la noticia de la muerte del padre. Para ello lo velan en una ciudad lúgubre, en una casa lúgubre, habitada por personajes lúgubres. En ese espacio claustrofóbico, la hija tiene una epifanía: en realidad, ella ha prefigurado la muerte del padre convocando a una enorme cantidad de cuervos -los muertos de todos los tiempos- en el jardín de su casa. El relato entra en crisis consigo mismo este punto: ¿es acaso esa suspensión de la incredulidad, a la que se refería Cortázar, lo que constituye lo fantástico? ¿Qué es lo fantástico, al fin y al cabo? ¿Un hecho, un detonante, un símbolo de lo inesperado o el relato en sí? Este juego de lo fantástico, como el de una caja china, en el que la frontera entre lo normal y lo anormal es tenue e impredecible, es una lección aprendida del argentino. Eso nos lleva a la pregunta de si nuestra realidad no es fantástica de por sí, y nuestra sujeción a la normalidad resulta sólo una estrategia, un juego inútil frente a la preeminencia inexorable de lo extraño.

Pancho remata Bonitas palabras con algunos de los mejores relatos de la selección. En realidad, creo que ninguno de estos cuentos tiene pierde. "La guerra", así se denomina esta sección, prefigura un contexto de violencia y también histórico. "Nada ni nadie" aborda la poderosa reconstrucción del famoso asesinato de Antonio Miró Quesada, un hecho que marcó la política a mediados de la década de 1930 y que fue objeto de numerosas leyendas urbanas entre las generaciones que nos anteceden. Recuerdo aquí que mi padre hablaba mucho de este suceso, y lo relacionaba, más que con la política, con un crimen amoroso. Pues bien: Pancho Izquierdo tiene en mente otra causa. Carlos Steer Lafont es el hijo ilegítimo de Miró Quesada y sus motivaciones son puramente vengativas. No lo hizo ni en nombre del Partido Aprista ni de su líder ni de la ideología. Para el crimen, para el género policial en sí, esas son razones coyunturales. En la psique humana existen líneas más profundas e intensas, como el afán de supervivencia o el anhelo de revancha. Este es un cuento que, además de estar bien contado, debemos leer entre líneas, con atención.

Precisamente, "Por las líneas", a manera de salto en el tiempo, nos devuelve los despojos de la guerra con Chile, precisamente en la batalla de Chorrillos. El capitán Patricio Lynch intercepta una carta de amor en manos de dos esclavos que debían entregar la misiva a una dama limeña. Lo llamativo es la dialéctica entre la historia personal y el telón de fondo, la manera en que un drama de proporciones épicas se vuelve íntimo a la vez. Pero la marcha de la guerra es inexorable, el exterminio está cerca y no hay fuerza aparente que pueda detenerlo. La lógica del vencedor se impone a la del vencido con la fuerza de un revólver.

El libro cierra con un cuento que lo tiene todo: homenaje literario, historia, policial e impronta fantástica. "Bonitas palabras", que da título al primer volumen de relatos de Pancho, es el relato de una enemistad literaria entre el poeta más histriónico del Perú, José Santos Chocano, y el periodista Edwin Elmore Letts, quien se atreve a cuestionar en varias columnas los méritos literarios del poeta de la América autóctona y salvaje. La ira y la envidia son, al fin y al cabo, sentimientos primarios que pueden llegar a dominar nuestras acciones. Para el poeta más vanidoso del Perú, la afrenta era insuperable, aunque procede de la manera más matonesca. El crimen de Elmore Letts es un acontecimiento indigno, que deja con estupor a sus testigos, por lo que ambos contendientes implican. Ahora, si bien es cierto las rencillas literarias de nuestros días no se resuelven ni a cuchillazos ni a balazos -hay razones más poderosas para hacerlo- resulta curiosa en que Pancho aborda el núcleo del relato: no estamos hablando para nada de un duelo caballeresco. Es un ataque a mansalva, que demuestra que el poeta como persona puede obrar como el más común y agazapado de los mortales. Como en otros relatos del conjunto, la idea no es lo que pasa en sí, el asesinato de Elmore Letts, sino lo que ocurre alrededor, las motivaciones, los detalles, la autopsia. Esto le otorga densidad y destino a este cuento.

En ese sentido, les recomendaría a los lectores de Bonitas palabras que no se dejen llevar por las primeras impresiones. La literatura que tenemos aquí motiva distintos niveles de lectura. Pancho ha inquirido y ejercitado su registro en cada detalle, una marca de la que, por cierto, suelen carecer los escritores peruanos. Es un observador nato de los procesos, de los cambios de estado y de ánimo, en sus personajes. Sólo le pedimos, desde nuestra tribuna de lectores agradecidos por su constancia, que persista. Francisco Izquierdo tiene una noción muy alta de la literatura, pero también de la calidad de las historias que recrea, con fino sentido del humor y atrevimiento; y esa es una marca de la que muy pocos se pueden enorgullecer. Felicitaciones, Francisco, por haber dado este enorme paso. Muchas gracias.

 

* Texto leído el 12 de setiembre durante la presentación del libro Bonitas palabras, de Francisco Izquierdo Quea, en el Jazz Zone de Miraflores, Lima.

 

 

 

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