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El Quijote” americano, el compromiso de escribir

Por José Antonio Luna
Periodista y escritor Nicaraguense, residente en Estados Unidos.

Bajo el título “Cien años de soledad y un homenaje” el Fondo de cultura económica publicó los discursos de dos autores fundamentales de la narrativa contemporanea. El texto del escritor mexicano, Carlos Fuentes a la edición conmemorativa de Cien años de soledad y las palabras de Gabriel García Márquez, (Gabo) al recibir el primer ejemplar del tiraje de un millón de copias de su fantástica obra que desde que vió la luz en 1967 ha sido leída por casi 50 millones de seres.

Ni en el más delirante de mis sueños en los días que escribía Cien años de soledad llegué a imaginar que podría asistir a un acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura” (“Cien años de soledad” y un homenaje. Colección centzontle, Fondo de cultura económica México, primera edición: Nov. 2007).

En su agradecimiento por la edición de un millón de ejemplares de Cien años de soledad al cumplir IV décadas, Garcia Marquez, dejó claro que el compromiso de escribir va más alla de ser famoso.

El desafío es para todos los poetas, narradores y educadores de nuestra lengua, para alimentar esa sed y multiplicar esa muchedumbre, verdadera razón de ser de nuestro oficio y, por supuesto de nosotros mismos”.

La novela de Macondo que llevó a la cúspide del “boom” a la novelística latinoamericana, fue también la lámpara de Aladino que le dio fama mundial y fortuna a su creador.

El Quijote” americano como bautizó Carlos Fuentes a la novela que de un tirón de 18 meses escribió García Marquez en un cuarto de un apartamento en la ciudad de México, -mientras Mercedes hacía malabares financieros para que no faltara la comida a la familia-, demostró que existen millones de lectores sedientos de una buena historia “aún no contada por nadie”.

Los textos de Carlos Fuentes y García Márquez, en el homenaje de la Real Academia de la lengua Española y la Asociación de Academias Españolas de la lengua, últimos legados pedagógicos y filiales de dos grandes escritores que en el cenit de sus vidas literarias y el ocaso de sus existencias (los dos octogenarios) siguen siendo soñadores, cazadores de ilusiones, ejemplos concretos del creador incansable, del optimista, del amigo.

Gabo, hace énfasis en su discurso en la necesidad de mantener vivos los momentos difíciles del pasado para no perder el vínculo con la realidad, los orígenes, la familia, la idiosincracia.

En su exposición ante los academicos más que un enjundiosa oratoria, Garcia Marquez, hace un relato irónico, vibrante, testimonial de sus días de dificultades y penurias en México mientras escribía su novela más famosa.

“Lo que podía ser motivo de otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo, con nuestros dos hijos durante ese tiempo que no gané, ningún centavo por ninguna parte”.

Contó que en esos días no tenía ni 87 pesos que era el valor del importe por enviar a Argentina los originales de su novela. Y como dividió en dos legajos la novela; envío la segunda parte por equivocación y siempre tuvo la esperanza de que la editorial le enviara dinero para remitirles la primera parte.

Despues de publicado Cien años de soledad, se termino la etapa de las vacas flacas...

Creo que lo más fascinante de García Márquez además de su franqueza es su sencillez. Esa actitud paciente y tolerante que identifica a los hombres que sin miedo a los retos de la vida son capaces de ser amigo pese a las divergencias ideológicas, como es su incondicional amistad con Fidel Castro.

El escritor y periodista, Plinio Apuleyo Mendoza, amigo de Gabriel desde la juventud y compañero de aventuras y trabajo en el comienzo de sus carreras; es tal vez quien conoce más intimamente al escritor de Aracataca. Al joven periodista costeño que conoció por accidente un día en un café de Bogotá.

Apuleyo Mendoza, estuvo al lado de García Márquez en sus comienzos cuando este era un desconocido. Cuando era discriminado por los “cachacos” por costeño. Cuando sus narraciones exageradas eran publicadas y pasaban sin pena ni gloria. Cuando Gabo -en sus ratos de descanso de su labor periodistica en “El Espectador” de Bogotá,- fumando incesantemente por las noches escribía sus relatos periodísticos, sus primeros cuentos.

Apuleyo Mendoza siempre apoyó al amigo que con una “berraquera” sorprendente contaba los sucesos cotidianos sin más adorno que los artificios del espacio y el tiempo.

-El tratamiento de la realidad en tus libros, especialmente en Cien años de soledad y en El otoño del patriarca, ha recibido un nombre, el de realismo mágico. Tengo la impresión de que tus lectores europeos suelen advertir la magia en las cosas que tu cuentas, pero no ven la realidad que los inspira.

-Seguramente porque su racionalismo les impide ver que la realidad no termina en el precio de los tomates o de los huevos. La vida cotidiana en América Latina nos demuestra que la realidad está llena de cosas extraordinarias. A este respecto suelo siempre citar al explorador norteamericano F. W. Up de Graff, que a fines del siglo pasado hizo un viaje increíble por el mundo amazónico en el que vió, entre otras cosas, un arroyo de agua hirviendo y un lugar donde la voz humana provocaba aguaceros torrenciales. (Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba, conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, editorial Bruguera, primera edición, abril 1982.)

Y de verdad que la vida esta llena de hechos extraordinarios. Una tarde de verano de 1978, conocí a García Márquez en La Habana, Cuba. Hacía un calor bárbaro, como los de Chinandega. Conversaba con el doctor Humberto Obregon Aguirre en una esquina de una cancha de básquetbol en la “Villa Lenin”, cuando llegó Gabo con Fidel. Al reconocerlo, lo mire fijamente y le dije a Obregón espérame... voy a saludar a García Márquez. Me acerqué... alguíen le había dicho a Fidel y Gabo que éramos Nicaraguenses. Al acercarme; le dije soy periodista Nicaragüense... Sonriente... me saludó.. preguntándome cómo estaba... y en respuesta yo le dije: me da un saludo para Nicaragua? Arrancó un pedazo de papel de un libreta que le suministraron y escribió: Un fraternal saludo al heroico pueblo de Nicaragua”. Y me dío un fuerte abrazo. Fidel quizás no entendió el gesto de García Márquez; yo sí sentí que el abrazo era el vínculo mágico de un hombre sencillo, honesto hacia la patria de Rubén Darío que se desangraba en esos días en la lucha contra el Somocismo.

En su discurso, Carlos Fuentes, recuerda los días de arduo trabajo, de sueños, de penurias de García Márquez en su periplo que lo llevó de Barranquilla a Francia y finalmente la llegada a la ciudad de México en 1962, con su esposa y sus dos hijos. “Lo conocí en Córdoba 48 y nuestra amistad nació alli mismo, con la instantaniedad de lo eterno”. Fué el colombiano Alvaro Mutis quien los presentó. La amistad que los sigue uniendo los llevó a recorrer las calles de México de noche y día. A trabajar juntos escribiendo guiones de cines. A ver caer el sol en Acapulco. A pasar horas conversando sentados en la grama del patio de la casa de Fuentes en San Angel.

Dice Fuentes, “Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad”. Y como no pudo felicitarlo desde Venecia le pasó la noticia a Julio Cortázar que estaba viviendo en Saigñon una aldea al sur de Francia.

Querido Julio:
“Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: Una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si le hubierse dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano. Un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas”.

Plinio Apuleyo, recuerda también cuándo Gabo le hablo de Cien años de soledad una vez que lo fué a visitar desde Barranquilla a la ciudad de México. “Se parece a un bolero en el limite de lo sublime o de lo cursi… le dijo Gabo, o doy el trancazo con este libro o me rompo la cabeza”.

Cuando leyó el manuscrito de la novela de Macondo, le escribió a García Marquez diciendole “Haz dado el trancazo”. A vuelta de correo recibió la respuesta: “Esta noche, después de leer tu carta voy a dormir tranquilo”.

Tampa, Florida, Junio 2008.

 

 

 

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“El Quijote” americano, el compromiso de escribir.
A propósito de "Cien años de soledad" y un homenaje.
Por José Antonio Luna.