Ruta infrarrealista / Claves de un escritor-leyenda
Mario Santiago, el poeta Salvaje
Por Macarena García G.
Desde México
Revista de Libros de El Mercurio,
Domingo 28 de Diciembre de 2008
A diez años de la publicación de Los detectives salvajes, se editan Jeta de Santo y Respiración del laberinto, dos libros de poemas de Mario Santiago, quien fuera el mejor amigo de Roberto Bolaño e inspirador del "Ulises Lima" de la novela.
Que nunca se sentaba, que leía en la ducha, que escribía en las paredes, memorizaba bibliotecas, interrumpía recitales de poesía y abordaba escritores para decirles que cuanto habían escrito era una mierda. Que se lo dijo al propio Octavio Paz. Mario Santiago Papasquiaro fue carne de leyenda, un poeta-mito, un gran personaje.
“No es verdad eso de que a los cinco minutos de estar conversando contigo te podía reventar una botella en la cabeza”, asegura Mario Raúl Guzmán, amigo de Santiago y responsable de Jeta de santo, una antología de sus poemas publicada por Fondo de Cultura Económica. Guzmán desmiente también la historia de su
enfrentamiento con Octavio Paz, sostiene que fue otro poeta el que interrumpió una de sus lecturas y que la leyenda, la condición de peculiar personaje, lleva a atribuirle actos a Santiago. “Para un artista es necesario tener reconocimiento. El sí era intolerante, muy intolerante, eso es verdad. No omito que hacia el final de su vida se puso cada vez más agresivo, tal vez porque el reconocimiento social era muy necesario. Pero qué importa eso. Lo que nos importa ahora es su poesía”.
Mario Raúl Guzmán está sentado junto a Rebeca López García, viuda de Mario Santiago Papasquiaro. Entre ambos trabajaron Jeta de Santo, la selección de 161 poemas con la que esperan que se reconozca una obra que hasta ahora circulaba en fotocopias de revistas y páginas de internet. Lo primero que Guzmán advierte es que no se puede leer el libro pensando en Ulises Lima. En el prólogo lo recalca, y no teme acusar a Bolaño de emprender la mitificación de Mario Santiago.
La novela
“Estoy escribiendo una novela donde tú te llamas Ulises Lima. La novela se llama ‘Los detectives salvajes’ ”, le escribió Roberto Bolaño a Mario Santiago hacia fines de los ’90. La novela, que catapultaría a la fama a Bolaño, no alcanzó a ser leída por su amigo. “Me hubiera gustado que la leyera. Ésa era una de mis intenciones: que él leyera la novela y se riera, que nos riéramos juntos. Pero Mario murió justo un día después de que yo acabara de corregirla, algo que no deja de ser inquietante y que habla del destino y del inextricable sentido del humor del destino”, dijo después Bolaño. La novela trata de dos poetas perdidos en México (y en un periplo por el mundo): Arturo Belano y Ulises Lima. Detectives salvajes, personajes entrañables que lo dan todo por una vida de viaje y búsqueda. Poetas al margen de las escenas culturales, de la posibilidad de obtener un trabajo, de vivir de algo. Belano, alter ego de Bolaño, y Lima, de Santiago, son los líderes del real visceralismo, una vanguardia dadaísta-mexicana que en la vida real llevó el nombre de infrarrealismo y se planteó “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”. “No creo que Belano y Lima fuesen marginales; yo los veo como un par de exquisitos radicales que vivieron acorde a su postura. En cuanto a los demás real visceralistas o infrarrealistas, no podría afirmar nada, aunque sé que algunos de ellos tuvieron un destino jodido”, dijo Bolaño después, en una entrevista.
El poeta
“Mario era un ser realmente excepcional. Lo dio todo por la poesía, al punto de que vivía exclusivamente para escribir, de una manera obsesiva, imposible. Hizo una apuesta, lo dio todo”, asegura José Peguero, amigo de Santiago y, por esos años, también de Bolaño. En Los detectives salvajes, es retratado como Jacinto Requena: “Se supone, claro, aunque pone a mi suegro como traficante cuando él es maestro de la UNAM, fíjate tú”. Cuando Peguero habla de Bolaño, manifiesta una molestia, una inconfesable molestia, por el desdén con que retrató el infrarrealismo, por haberse centrado más en lo anecdótico que en “un esfuerzo por documentar el movimiento”. Él, hoy dedicado a la realización de documentales para la televisión, asegura que el infrarrealismo todavía existe. Cree en él como quien cree en un equipo de fútbol; Santiago sería la estrella: “Era un poeta extraordinario y un gran crítico. Podía ver todo el proceso cuando le mostrabas tu texto. Era violento, sí, pero se malentiende esa violencia: para él la confrontación era por el amor a la poesía”. Peguero hace notar que el título de la primera novela de Bolaño, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, es una paráfrasis a “Consejos de 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger”, el poema más largo de Mario Santiago. “Todos hacíamos esas cosas de robarnos cosas de los poemas, de mezclar todo, no creo que a Mario le haya importado”.
En Los detectives salvajes no hay poemas; es el retrato de una vanguardia sin obra. En la vida real, los “infras” publicaron una antología (Pájaro de calor, 1976) y una revista (“Correspondencia infra”, 1977). Santiago (y Bolaño) fueron también incluidos en la antología Muchachos desnudos bajo arco iris de fuego, publicada en 1979 con poemas de once poetas latinoamericanos. Años más tarde, ya en los ’90, Santiago creó una pequeña editorial con la que editó cinco libros de poetas infrarrealistas, entre ellos el primero suyo (Aullido de Cisne) y uno de Bolaño. También, su plaquette Beso Eterno. “Aún así, cada cierto tiempo él decía: ‘no he publicado nada’. Él trató de publicar más, mandó sus textos aquí y allá, pero nunca tuvo un mínimo de reconocimiento”, advierte Mario Raúl Guzmán.
El primero en interesarse en rescatar la obra de Santiago fue Bolaño. Tras su muerte, el autor de Los detectives salvajes comenzó a hablar de él en entrevistas —una suerte de name dropping en que ayudó a varios de sus amigos— y planteó el proyecto de una antología de su poesía a la editorial Acantilado. Pero en 2003, Bolaño murió y el proyecto se desarmó. La posta la tomaron Alejandro Aura y Juan Villoro, que hicieron las gestiones ante Fondo de Cultura Económica para el libro que acabó siendo titulado Jeta de Santo.
La persona
Cuesta separar el personaje de Mario Santiago —cuyo mejor trasunto es Ulises Lima— de la persona que nació una Nochebuena de 1953 y murió en 1998. Hay quienes ubican el comienzo del mito en Bolaño: “Con Los detectives salvajes, él acabó de construir la leyenda de sí mismo, cosa, por cierto, lícita en un escritor romántico. Es una mitificación de él y de Mario Santiago”, opina José Vicente Anaya, quien también formó parte del movimiento infrarrealista y cree que es un error centrarse sólo en ellos dos. Pero antes de Bolaño, Mario Santiago ya había tomado decisiones para su posteridad, como la de cambiarse el nombre, José Alfredo Zendejas, por el de Mario Santiago, y, después, agregarse otro apellido a modo de homenaje: Papasquiaro, por el pueblo natal de José Revueltas. “Yo creo que ellos dos eran los únicos poetas infrarrealistas. Vivían para la poesía y eran inalcanzables; habían leído mucho más que todos nosotros juntos”, dice Víctor Monjarás, sentado en una mesa del Café Habana, que en la novela fue el Café Quito, el lugar en el que Lima y Belano se ven por primera vez y donde se encuentran los infrarrealistas cada tarde. Monjarás, poeta y pintor, es considerado, pese a que lo niega, uno de los integrantes del movimiento vanguardista.
Hacia fines de 1976, Bolaño abandona el grupo, y parte a Europa. Santiago lo sigue poco después, y durante algún tiempo coinciden en el sur de Francia —trabaja como pescador, episodio recreado en Los detectives salvajes—, para seguir camino a Israel, donde va buscando a una mujer que lo desprecia. Termina en un kibbutz.
El regreso a México es difícil. Intenta, sin gran éxito, revivir el movimiento, y consigue un trabajo que dura poco como corrector en una editorial. Escribe, lee y bebe. Despotrica contra los escritores que consiguen éxito, excepto Bolaño, del que tampoco —pese a que la leyenda diga lo contrario— habla mucho. “Decía que tenía varios libros publicados y había ganado premios”, explica Monjarás. “Era bastante reservado en eso”.
“Es que ellos tampoco tenían mucho contacto”, explica Rebeca López. “Roberto le escribía a veces, pero Mario no le respondía las cartas”. Hablaban por teléfono, sí, pero sólo cuando Mario Santiago tuvo teléfono. Eso fue a mediados de los ’90, cuando fundó la pequeña editorial y su vida —en la que el trabajo había sido escaso y la circulación de sus textos también— pareció tener un mejor futuro.
“Cuando mejore mi economía apareceré por tu casa una noche cualquiera. Y si no, es igual. El trecho que recorrimos juntos de alguna manera es historia, y permanece”, le escribió Bolaño en la misma carta en la que le advertía que lo estaba convirtiendo en un personaje. Pero Bolaño no volvió nunca a México, y Mario Santiago murió arrollado por un auto que se dio a la fuga antes de que la novela fuera publicada. “Nosotros decimos que murió de muerte natural. Porque a Mario siempre lo iban a atropellar: vivía cruzando las calles sin mirar, caminando frenéticamente por todo el D.F. Cuando tú caminabas junto a él, te abandonabas, lo seguías no más, porque él no paraba nunca”, recuerda Peguero. Y después retrocede hasta los años 70: “Yo y Roberto vivíamos para el mismo lado, y entonces tomábamos el mismo autobús. Nosotros le decíamos adiós a Mario desde el autobús, y él se iba despidiéndose y hablando. La conversación seguía mientras él cruzaba la calle sin mirar. Cuando llegaba al otro lado, suspirábamos aliviados. Siempre pensábamos que lo iban a atropellar”.
Santiago no es Lima
Patricio Tapia
Cierta vez sostuvo Borges que entre las obras más importantes de un escritor (y quizá, la más importante) estaba la imagen que dejaba de sí mismo a la posteridad. Algunos incluso logran adquirir dimensiones míticas, a lo cual ayuda
una obra inexistente o inconseguible. De ahí el peligro que ella se torne asequible, como ocurre ahora con parte de la de Mario Santiago, el poeta en el que se basa uno de los personajes de Roberto Bolaño en Los detectives salvajes aunque los prologuistas de las dos antologías recientes de Santiago insisten en que el escritor real no se corresponde exactamente con su versión literaria, Ulises Lima.
Considerando la amplia selección de Jeta de santo y la mucho más breve de Respiración del laberinto -prologadas respectivamente por Mario Raúl Guzmán y Bruno Montané-, la obra de Santiago, aunque va de la alegría a la lobreguez, del viaje al retrato (como plantea Guzmán), parece bastante unitaria. Ambas antologías coinciden en el homenaje constante a las corrientes literarias que alimentaron a su autor (beatniks, surrealismo, vanguardias latinoamericanas); en sus experimentos sintácticos y tipográficos, incluidas sus veleidades ("uno" es siempre "1"; "y", siempre "&"); en el aire adolescente de seguidor fanático de los artistas que admiraba, que van desde escritores y músicos (jazz, rock, punk) hasta pintores. Conviven en dedicatorias, títulos, citas, apropiaciones y paráfrasis, Picasso, Pasolini, Cioran, Miguel Ángel, Beckett, John Coltrane, Kurosawa, Sid Vicious, Joan Miró, más varios escritores de Latinoamérica (entre ellos, algunos chilenos).
No obstante la irregularidad de su vida (alcohol y drogas; turismo estilo mendigo), Mario Santiago fue muy prolífico. Los 161 poemas de Jeta de santo fueron escogidos entre 1.500, a partir de lo escrito entre 1974 y 1997: de ser así (y al parecer su obra es más amplia; mucha se perdía en papeles sueltos) produjo en esos años un promedio de un poema y cuarto a la semana, sin considerar las vacaciones legales de las Musas. Tal fecundidad tiene su costo. Es indudable que exagera Montané al decir que Respiración del laberinto es "una de las mejores lecturas que la poesía pueda dar" y parece estar más cerca de la realidad Guzmán cuando dice que Santiago "iba del verso maravilloso a la pésima línea". Podría decirse que, no obstante sus reiteraciones, algunos poemas logrados resplandecen intermitentemente en sus páginas afiebradas.